PATRIARCA DEL FOLKLORE ARGENTINO

PATRIARCA DEL FOLKLORE ARGENTINO

EL ETERNO JUGLAR




Registrado en la Biblioteca Nacional bajo nº 5/212 Colección Libros -Autor Personal : Chazarreta, Agustín A.Título : El eterno juglar: Andrés A. Chazarreta: su vida y obra-Pie de Imprenta : Buenos Aires : Ricordi Americana, 1965-Pagina : 117-Idioma : castellano-Ubicación física : S2AA195622 Número Inventario : 00269835 Número de Topográfico : 350276

Agustín A. Chazarreta.
El profesor AGUSTIN A. CHAZARRETA, director del Instituto de Folklore "Andrés Chazarreta" de Santiago del Estero, es un prestigioso investigador que lleva en la sangre su amor por el folklore y la tradición de nuestra tierra.
Es el continuador de la obra de su padre, el maestro ANDRES. A. CHAZARRETA, de recordada memoria.
En homenaje a él y en ocasión del IV Centenario de la fundación de Santiago del Estero -su ciudad natal- escribió "TRADICIONES SANTIAGUEÑAS" con éxito extraordinario.
Por pedido del Instituto de Folklore de la Universidad de Tucumán realizó un trabajo que tituló: "MUSICA RELIGIOSA ANTIGUA", en tres tomos, con cancionero en castellano y en quechua; y otro sobre: "LIRICA INFANTIL SANTIAGUEÑA", en dos tomos y con cancionero en igual forma.
Actualmente está realizando con el auspicio del Fondo Nacional de las Artes un trabajo de investigación y recopilación sobre el primer motivo, grabando "in situ" todo lo referente al cancionero religioso de su provincia.
Tiene libretos en verso para revistas musicales sobre motivos vernáculos, siendo el de mayor éxito "El alma del quebrachal".
Músico, poeta, escritor, conferencista y folklorólogo, en la cátedra, en sus charlas y en sus escritos ha obtenido siempre elogiosos comentarios.
En este libro "EL ETERNO JUGLAR", Agustín A. Chazarreta -como comenta el prologuista- nos entrega en forma amena y emotiva, la vida de su padre: el "Patriarca del Folklore Argentino".


Prólogo
Trasunto veraz y conmovedor de la admiración y el cariño del autor por la obra de su padre, el gran folklorista Don Andrés A. Chazarreta, es este libro. Agustín A. Chazarreta lo evoca en sus páginas como el juglar que pasó por la vida cantando los cantares campesinos y haciendo bailar las danzas populares de su tierra, con admirable tenacidad e inteligencia, desde los días jocundos de su juventud, transcurrida entro fines del siglo pasado y principios del actual hasta el instante en que su tumba se abre, precisamente cuando sus sueños y sus esfuerzos hacen una maravillosa y triunfante eclosión en todos los ámbitos de la patria.
Don Andrés A. Chazarreta ha recibido muchos y merecidos homenajes, pero su obra no ha sido estudiada todavía en toda la magnífica trascendencia y significación que tiene como impulso para la restauración de los valores que la nacionalidad necesita hoy con más urgencia que nunca. La vorágine cosmopolita que capitalizó los ensueños de los más claros talentos de la época de la organización constitucional y política del país cubría gran parte de éste y, en forma especial, las grandes ciudades adyacentes a sus puertos. Gentes de todas las razas y todas las procedencias discurrían por sus campos, por sus calles y sus fábricas hablando los más distintos idiomas. Muchos ignoraban el habla y tanto más, las costumbres, la historia y las tradiciones del país. Toda esa masa plural si bien haría engrandecer materialmente a la nación al desarrollarse podría ser una amenaza.
Un gran espíritu, un poeta, entrevió, indudablemente el peligro en palabras premonitorias: Hoy cosmópolis... ¿mañana?
Fue precisamente Don Andrés A. Chazarreta quien, en ese momento, como un visionario que surge ahí entre las sombras, comenzó su obra. Con paciencia y sacrificio de benedictino recorrió los desiertos, los montes y las sierras de su provincia —Santiago del Estero— y de las vecinas y hermanas, para recoger, como invioladas florecillas del campo, la música de las canciones y de los bailes ya abolidos o casi abolidos por el tiempo para llevarlos al pentagrama donde habían de conservarse como un tesoro maravilloso dentro del inmenso acervo del folklore argentino. Poco a poco su obra fue adquiriendo proporciones y vastedad. Del patio campesino pasó al salón de las ciudades. De las humildes veladas de arrieros, a las de los señores cultos para subir, desde allí, al tablado de los teatros. Sólo faltaba la consagración de Buenos Aires, la metrópoli gringa por excelencia, fue allá donde el juglar criollo logró su más resonante triunfo. Corría el año 1921 y aquélla desconocía en absoluto la demografía de tierra adentro. Sabía, quizá, que sus gauchos se habían jugado en la epopeya de la independencia, pero ignoraba cuales eran sus actuales formas de vida, sus músicas, sus canciones y sus bailes. Del folklore argentino sólo conocía el tango, relegado todavía a los palios familiares de sus suburbios. Por eso la presencia de Chazarreta en el escenario de un gran teatro porteño, con sus músicos y bailarines suscitó, primero, una expresión de asombro que se tradujo, de inmediato, en un claro fenómeno colectivo de comprensión y de aplauso. El pueblo de Buenos Aires intuyó enseguida que en las figuras apuestas y señoriales de los gauchos y do las muchachas provincianas cuyos esguinces trazaban las sencillas coreografías de malambos, gatos, zambas, escondidos y chacareras, y en las voces dolientes pero varoniles de los cantores, estaba vibrando el alma misma de la patria.
El paso fundamental estaba dado. Buenos Aires empezaba a oír y entender lo más auténtico de la argentinidad por medio de las expresiones más puras del alma del hombre, como son la música, el canto y el baile. Buenos Aires, la capital política y cultural del país sería ahora la conductora del gran movimiento iniciado por Chazarreta. Y así fue como acogió después con entusiasmo contagioso todas las manifestaciones vernáculas del arte popular. Todos sus barrios fueron propicios para el funcionamiento de peñas y "boites" donde, con verdadera pasión y cariño, se cultivaría el canto, la música y el baile de la tierra. Por ellas desfilarían artistas populares procedentes de todos los rumbos del país. Se puede decir que Santiago del Estero sería, por vocación innato de su sensibilidad, la principal proveedora de ellos.
En esa forma el arte de la extracción folklórica fue adentrándose en todas las capas sociales. Su cultivo dentro de los sectores populares y cultos era ya una evidencia que avanzaba día a día. Pero faltaba otro impulso que parece casi parado; de Buenos Aires vendría luego el reflujo de su consagración hacia el interior para completar el fenómeno social y político de la integración y de la consolidación espiritual de la verdadera argentinidad. Y éste es el proceso subyacente que, por encima de las zozobras políticas y económicas que afligen al país, se está operando en estos momentos.
Agustín A. Chazarreta, con ternura filial y verdadera admiración, narra la vida de su padre en páginas que se leen con simpatía, deleite y por instantes, con verdadera emoción. Ve en la vida de su progenitor la de "EL ETERNO JUGLAR.” y la sigue paso a paso a través de sus amores, sus creencias y sus luchas dándole amenidad e interés en todo instante a través de la narración espontánea o de la anécdota oportuna. Todo ello acicalado con la pintura del ambiente físico y social del medio donde el maestro va formando su personalidad y recogiendo los elementos espirituales de su obra de recopilación y de creación folklórica, contribuye a dar a este libro una singular atracción.
Cuando la perspectiva que crea el transcurso del tiempo permita valorar los alcances de la obra de don Andrés A. Chazarreta, no en su faz puramente artística, sino en su dimensión social y política, este libro constituirá, sin duda, una fuente inapreciable para la investigación.

Doctor EMILIO A. CHRISTEXSEX. Santiago del Estero, junio 7 de 1063.


Dedicatoria


A Nuestra Santísima Madre de La Merced y a su Orden, de la que fueron hijos directos mis extintos padres.
A la venerada memoria de ellos y en nombre de todos los míos, por el cariño que nos entregaron, evocado a cada instante mientras escribía este libro, vinculados como están a mi alma los más gratos recuerdos de la niñez y la juventud, por la educación cristiana que nos dieron en el seno de nuestro dulce hogar.
A la memoria de quienes fueron la barra juvenil de mi padre y amigos de toda su vida: Domingo Herrera, Manuel y Javier González Navarro. Roque Arias. Pedro Araujo y Braulio Sánchez. De sus amigos íntimos doctores; Ricardo Rojas, Ernesto E. Padilla. Modesto Polti y Honorio Ledesma, conocedores de los primeros pasos de su obra y con cuyo aliento siguió adelante.
Como homenaje a doña Delfina Salvatierra de Guzmán. su querida maestra, distinguida matrona que en su venerable ancianidad honra a la docencia santiagueña; al doctor Marcos J. Figueroa, poeta exquisito, su colaborador y amigo: a la señorita Ana María Díaz Loza, su secretaria y apoderada en Buenos Aires: al presbítero doctor Amancio González Paz y al R. P. Fray Horacio B. Moyano Pérez (mercedario), sus amigos, colaboradores y consejeros en el apostolado cristiano que realizó con su obra folklórica.
En homenaje de cariño y profundo recuerdo a las compañeras y amigas íntimas de mi madre: María Enriqueta Cárdenas, Laurencia Omil de Silvetti, Amadea Contreras López de Atterbury, Natividad Bravo, María Florinda Peralta de Llanos (f), a Eodomira Julia Peralta (f), Mercedes Beltrán Alderete, Isabel Beltrán de Moreno (f), Sara Bel-Irán de Peralta y Filomena Latino de Nicolini.
Con especial afecto a Antonia M. Bravo (Tona), hija espiritual, abnegada y fiel compañera de mis padres y nuestra madre de crianza.

El Autor. Santiago del Estero, febrero de 1963.

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