PATRIARCA DEL FOLKLORE ARGENTINO

PATRIARCA DEL FOLKLORE ARGENTINO

HOMERO MANZI

“Chazarreta conocía por derecho de sangre
el sabor de los jugos que nutren
el cancionero de la tierra...
Por que él era Pueblo y traía de las raíces
ese difícil arte de captar las voces,
de percibir los silencios, de valorar los ritmos,
con la simplicidad de lo común
y la sencillez de lo cotidiano....”

HOMERO MANZI




El flaco y oscuro maestro de la docencia santiagueña, enhorquetado en su zaino criollo, envuelto en su poncho color tierra y con la vihuela debajo del brazo, pudo, así, asomarse a las fiestas populares de la campaña.
Los más apartados rincones de Santiago atrajeron su curiosidad. Las fiestas de Manogasta, los bailes de Figueroa, las trincheras carnavalescas de Añatuya, los velatorios de los ranchos con su maravillosa letanía urdida en quejumbre por las voces ríspidas de las rezadoras y lo coros paganos de la novena. Pero no fué solamente la fiesta de los hombres la que inspiró su acervo. Fue, también, la música del paisaje y la voz de los vientos y el enorme silencio de la noche y las canciones de la selva ancha y misteriosa jaula, donde nutrió la raíz de su arte.
Una vez afirmé que la música de la ciudad estaba trazada sobre el pentagrama oscuro de las pasiones humanas y que en cambio la música de nuestro campo estaba conformada sobre la naturaleza. La música del campo es objetiva; la de la ciudad subjetiva. En la ciudad los bandoneones lloran a cuenta de la pena del hombre; en el campo las arpas y violines rústicos, hablan con la voz del viento, trinan con los pájaros y mueven sus ritmos con el rudo compás de las bestias en galope o con la hamacada euritmia de los pastos castigados en el vaivén de los vientos.
Andrés Chazarreta afirmó su arte en amor por la naturaleza. Es que el santiagueño ama, en primera instancia, a la tierra. Tiene una patria chica para ubicar su corazón, el pago de la castilla o el llajta de la quichua.Buenos Aires vivía sorda a la belleza que destilaba este pueblo mediterráneo en la silenciosa colmena de su vida espiritual. Y un día, hace muchos años, inesperadamente llegó hasta ella don Andrés Chazarreta.
La ciudad grande detuvo su marcha enloquecida, escuchó el milagro de esas voces, comprendió su sentido argentino y se sintió animar por una corriente telúrica que despertaba en su dormida entraña la olvidada raíz nacional.
Esa tarea de Chazarreta, alcanza para cubrir una existencia, para glorificar su nombre, para justificar una vida. Porque él, más que nadie, supo convertirse en el intermediario entre el paisaje lejano de tierra adentro y el alma confusa de la Ciudad. Desde entonces hasta hoy muchos son los que han seguido sus huellas y por suerte para el cancionero de la tierra nativa, cada vez surgen nuevas voces que la interpretan y la universalizan.
Y él mismo, dura su fisonomía de quebracho, algodonados los cabellos en la pasa serena de los años, endurecidos los dedos en el amoroso ejercicio de la guitarra, prosigue infatigable en la santidad de su magisterio. Y cada año, más viejo en la carne y más joven en el alma, baja como lo ríos del norte hasta la gran ciudad y siembra el grano de sus danzas y canciones.
Y los santiagueños que aquí estamos, cerraremos los ojos para volver en musical transporte al pago lejano que no podemos olvidar y donde lucha un pueblo duro, olvidado y lleno de valores espirituales, en medio de un paisaje severo y hermoso. Y en la voz de las vidalas reconoceremos el arrullo de la urpila, despenadora impenitente de las tardes, cuando se abren en colores pálidos las flores del cardón; y reconoceremos en cada danza, en cada ritmo, un pedacito del paisaje agreste, donde ponen adorno los algarrobos; donde cantan las hachas mordiendo la carne dura del quebracho; donde se sufre, se trabaja, se ama, se baila y se canta.-”
(Palabras pronunciadas por HOMERO MANZI, en la fiesta titulada “Tarde Santiagueña” realizada el día 13 de Agosto de 1940, en el salón-teatro de la Escuela Carlos Pelegrini de la Capital FederaL)

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